Quiero un país en el que cada uno de sus ciudadanos sienta y diga lo que piensa en libertad; los políticos velen por el bien del pueblo; el pueblo rechace la manipulación partidista; donde no haya vencedores ni vencidos; en el que el bien común y la concordia sean los principales intereses; los votos no signifiquen un cheque en blanco; en el que nadie imponga su militancia por la fuerza; en el que la justicia sea un modelo de equidad.
Quiero un futuro en paz para mis hijos, para mis nietos, para mi pueblo, y ello no será posible si aquéllos que ostentan una cota de poder, grande o pequeña, no son capaces de alcanzar un punto de entendimiento desde el cual iniciar una nueva etapa. No habrá solución si los militantes políticos, sea cual sea su color, a los que se les llena la boca hablando de la voluntad de los votantes, de los derechos de los pueblos y de los deseos de la ciudadanía, no escuchan las voces que reclaman el cese de la violencia de cualquier género y el entendimiento entre las partes. Este pueblo, el mío, el nuestro, en nombre del cual dicen hablar, exige que se llegue a un acuerdo.
No será fácil. Son muchos los agravios sufridos, el dolor y los daños causados, pero la gran conquista del ser humano ha sido, sin duda alguna, la palabra: la capacidad que lo distingue del resto de los animales para hablar, entenderse, expresar sentimientos y deseos, y también para escuchar otros razonamientos y ser capaz de comprometerse en un proyecto común para el bien de la colectividad. La violencia, la opresión, la fuerza bruta, la injusticia son mudas, niegan la palabra, y el “ojo por ojo” sólo deja tuertos tras de sí.
Acuerdo no es sinónimo de perdón, de olvido, de borrón y cuenta nueva. Acuerdo significa continuar sin ser arrastrados por el lastre del pasado. Acuerdo no es ceder, sino conceder. Acuerdo, en fin, es la voluntad para buscar y encontrar una solución a un enfrentamiento que dura ya demasiado tiempo.