GERLA ETA BAKEA
1.- El valor de las palabras. Dado lo delicado del tema y el contexto el lenguaje debería ser preciso, usando terminología monosémica y evitando la lírica. Expresiones tipo la paz no es el objetivo, la paz es el camino, de indudable fuerza y valor expresivo y evocador, no ayudan demasiado a la hora de identificar problemas, acercar posturas y concretar soluciones.
2.- El valor de los principios. Establecer un proceso de paz supone que previamente existe un estado de suspensión/violación (más o menos atenuada) de determinados derechos y valores. Todas las personas implicadas se verán sometidas, tarde o temprano, a contradicciones entre sus principios, valores y sentimientos y algunas de las decisiones que deberá tomar y/o aceptar, precisamente para restablecer los valores personales y cívicos vulnerados por la situación de violencia que se pretende superar.
3.- El valor de los derechos. Estamos acostumbrados a conferir a los derechos humanos (libertad, paz, justicia, fraternidad, etc.) un valor absoluto, que sin duda lo tienen. Pero generalmente nos olvidamos de que también tienen un valor posicional: están jerarquizados, entrelazados, son interdependientes y, con frecuencia, la prevalencia de unos derechos se logra sobre la atenuación o menoscabo de otros. Así, por ejemplo, tras el 11-S asistimos con preocupación a una restricción de las libertades civiles so pretexto de aumentar la seguridad y garantizar la paz. ¿Y cómo valorar la existencia de Guantánamo y cárceles secretas con la excusa de luchar contra el terrorismo?
4.- Justicia y paz. En nuestro mundo occidental estamos acostumbrados a ligar estos dos conceptos. Es un tópico arraigado considerar la paz como fruto de la justicia. Incluso existe una interesante institución católica denominada “Justicia y Paz”.
Independientemente de mis simpatías personales por el binomio Justicia-Paz, una mirada más objetiva al panorama mundial me lleva a tener que valorar, a mi pesar, la cita del Talmud: Quien quiera buscar la justicia no encontrará la Paz. En términos absolutos, y dándole la vuelta a la sentencia talmúdica toda paz es injusta.
5.- La paz tiene precio. La condición humana tiene sus paradojas. Una de ellas es que, históricamente, la gente parece que tiene menos problemas en hacer una guerra que en pagar el precio por la paz. Lo cual explicaría, en parte, por qué las guerras (de cualquier tipo) unen los pueblos y los procesos de paz los dividen. Quizá se deba a que en muchos casos no se busque la paz sino la victoria sobre el enemigo.
6.- El proceso empieza por la aceptación entre los interlocutores. Suelen ser más complicados de resolver los aspectos subjetivos (rechazos, reconocimiento, petición de perdón, etc.) que los objetivos (territorialidad, compensaciones, indemnizaciones, etc.); en consecuencia parece muy necesario un periodo previo de entrenamiento y adaptación.
Aquí, como en el resto del proceso, es clave la figura de los mediadores y facilitadores.
7.- Hay que llegar a las conversaciones con la convicción y la voluntad de llegar a un arreglo entre las partes que posibilite, por lo menos, la coexistencia pacífica. Tras ese acuerdo fundamental podrá comenzar el camino que va de la mutua tolerancia a la convivencia en paz.
8.- Es imprescindible la creación y consolidación de un escenario social de paz. Durante años nuestra sociedad ha estado asimilando y acostumbrándose a múltiples situaciones de violencia en su seno llegando a interiorizarlo como una especie de peaje a la convivencia. El mayor protagonismo social a favor de la paz y la sensación de que en paz ganamos todos deben estar presentes a la hora de tomar acuerdos, por muy audaces que puedan parecer. La experiencia nos indica que más vale prevenir (tomar decisiones atrevidas y difíciles antes de que un conflicto se agrave) que curar (tomarlas tras el agravamiento).
Y no olvidemos que tan importante como crear puentes es facilitar los accesos desde las dos orillas.
9.- En este contexto habrá que analizar tabúes, prejuicios, y aparentes callejones sin salida evitando la acumulación y la generalización. La mediación externa debe favorecer el correcto planteamiento de los problemas a resolver.
10.- La paz va a exigir, como expuse anteriormente, un precio. Éste será (subjetivamente) injusto, desproporcionado al que paguen los otros, abusivo incluso. Objetivamente, a no ser que se busque la derrota de los otros, es necesario definir objetivos de interés común que busquen la cicatrización de las distintas rupturas del tejido social no a través de la justicia (normalmente las partes de un conflicto tienen su propia justicia) sino de la búsqueda de un equilibrio de cesiones e intereses.
11.- Como en todo proceso habrá tiempos muertos, trampas, síndromes de todo tipo (incluido el de Estocolmo), pasos atrás, malos entendidos, revisiones e incumplimientos de lo ya acordado, etc. La discreción, la capacidad de reacción y la mutua confianza son imprescindibles hasta más allá de dar por finalizado el proceso. Habrá que recordar continuamente que una luz al final del túnel suele hacernos pensar que éste se acaba, pero pudiera ser también señal de que un tren se dirige hacia nosotros: mejor que intentar detenerlo es apartarse y dejar que pase.
12.- Esperemos que en esta ocasión no se haga bueno el dicho político que indica que los gobiernos no toman las decisiones correctas hasta que no agotan todas las demás.